​Hegemonía cultural

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Un par de semanas atrás, una columna de Claudio Paolillo en Búsqueda se apoyaba en la anormalidad de un hecho ocurrido en la Facultad de Ingeniería de la Universidad de la República para poner sobre la mesa el viejo concepto gramsciano de “hegemonía cultural”. Brevemente: durante el dictado de una clase de la materia Cálculo 1 se permitió, dice Paolillo, que un grupo de jóvenes, en nombre de la realización de un proyecto de investigación, repartiera entre los alumnos presentes un formulario de encuesta en el que debían responder acerca de las aptitudes de una candidata ficticia, María Durán, para ocupar cargos de responsabilidad política.

No sé qué razones pudo haber tenido la docente de Cálculo 1 para autorizar la realización de esa encuesta durante su clase, y tampoco es ese el tema que ocupa a Paolillo. Su tema es la propia María Durán, o, en otras palabras, la idea de aspirante a figura política que se viene construyendo desde hace décadas mediante el ejercicio incesante de imposición de ciertos valores propios de la izquierda. Y más aun: el tema de Paolillo es el avance silencioso de los “planes revolucionarios” de Antonio Gramsci, “uno de los principales teóricos del comunismo mundial” e impulsor de la idea de que las normas culturales en una sociedad son las que impone la clase dominante.

No es la primera vez que columnistas y editorialistas ajenos a la izquierda recurren a la idea de hegemonía cultural para explicar el avance de cierto “sentido común” que identifica lo bueno y lo deseable con la izquierda y lo malo, lo corrupto y lo decadente con la derecha. En octubre de 2013, un editorial de El País se valía también de Gramsci para tratar de despertar a la oposición e impulsarla a dar pelea en el ámbito de la cultura, precisamente para frenar el crecimiento de la intención de voto al Frente Amplio entre los más jóvenes.

Eso que Búsqueda y El País describen como valores culturales hegemónicos de nuestros días son los que se han ido abriendo paso dificultosamente a través de siglos de creencias, prácticas y normativas hostiles: el rechazo a cualquier criterio de supremacía racial, la igualdad entre hombres y mujeres, el lugar central de los derechos humanos, la legitimidad del amor y la convivencia entre personas del mismo sexo, el derecho de las mujeres a no tener hijos, etcétera. Hoy damos por bueno que no haya esclavitud, pero es necesario recordar que la esclavitud existió. Fue legal, fue negocio y fue sostén de un modo de producción. También el matrimonio y la procreación han servido para sostener el sistema, y las formas en que se han dado las familias a lo largo de la historia han tenido que ver con adaptarse, antes que nada, a necesidades sociales. Si cuestiones como el matrimonio homosexual o el aborto parecen, hoy, escaladas progresistas por sobre los valores tradicionales es, precisamente, porque esos valores ni siquiera son vistos como construcciones culturales. Porque se oculta su relación con la estructura productiva y con el régimen de privilegios y sacrificios en el que todos vivimos.

Y aunque me encantaría concordar con Paolillo en eso de que el sentido común social se encamina hacia concepciones progresistas o “de izquierda”, lamento confesar que temo precisamente lo contrario. Sin ir más lejos, esta semana, y con el acuerdo de todos los partidos políticos con representación parlamentaria, fueron aprobadas en Diputados las modificaciones a la ley penal que agravan las condenas por narcotráfico. Nadie puede asegurar que el resultado de ese endurecimiento punitivo vaya a ser la disminución de la violencia asociada al comercio de drogas, pero sí es posible aventurar desde ya que habrá más presos, y, sobre todo, que habrá más jóvenes y más mujeres presas. Jóvenes y mujeres pobres, que son los que toman el riesgo de abrir bocas o servir de acarreo de pequeñas cantidades de sustancias prohibidas. Terminarán presos y sin posibilidad de excarcelación los que no tengan acceso a una buena defensa, los que no tengan familia que pueda ocuparse de los trámites, de mover contactos, de conseguirles el lugar menos indigno para cumplir la sentencia. Y terminarán muertos o semimuertos los que no reciban visita, los que no tengan quien les lleve comida, los que no puedan pagar los peajes que impone un sistema carcelario vergonzoso en el que nadie ve nada y nadie dice nada.

Esta misma semana fue procesado con prisión un hombre, en Salto, por el robo fallido de una bolsa de morrones. Dijo que los pensaba vender a cinco pesos la unidad, puerta a puerta. Un criminal peligroso, sin duda. Alguien que, pudiendo vivir una vida honrada, prefiere el camino fácil del delito. Varios de los presos del Módulo 8 de la Unidad Nº 4 (ex Comcar) que fueron hospitalizados el mes pasado con adelgazamiento severo por privación de alimentos están en la cárcel, también, por delitos como tentativa de hurto o tenencia de estupefacientes. Varios no saben leer ni escribir, son adictos, tienen problemas mentales. Son miserablemente pobres y están solos, y cayeron en una tierra de nadie sobre la que nunca se posa una mirada.

Si el sentido común social que hemos venido construyendo fuera, como dice Paolillo, el de los valores históricamente identificados con la izquierda, las cárceles no tendrían cada día más pobres amontonados y sarnosos, hambrientos, aterrorizados y solos, y los parlamentarios de todos los partidos no habrían aceptado, otra vez, salir a cobrar al grito para que una población infantilizada y miedosa sienta que va a estar más segura.



Soledad Platero. Publicado en La Diaria.

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