​Que la Fuerza te acompañe

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-Hemos sido testigos privilegiados de una época maravillosa-, le dijo Jorge a su mujer.

Marucha lo miró, le tendió el mate y esperó con paciencia. Esperó para saber por dónde vendría el comentario.

Jorge dio una larga chupada a la bombilla de plata y oro que tenía como 70 años en la familia, se pasó la mano por el pelo canoso, sí, pero irsuto y poblado a pesar de los años.

-Yo me maravillé con la primera Spica que vi. Ni te cuento cuando trajeron la caja inmensa con un televisor a casa de mis padres. Vimos al hombre pisar la luna.

-Vivimos la primavera del 68 acotó ella y un brillo pícaro iluminó sus ojos marrones.

-Sí. Y pocos años después dormíamos vestidos por si venían a buscarnos.

-Ahora los niños no vienen de París, son ‘made in china’ y vienen con un celular pegado a los dedos. Cuántos cambios en menos de un siglo; seguramente más que en el milenio anterior.

-¿Te acordás de ‘El loco Amoretti’?

-No fue profesor mío

-¡Qué genio el tipo! Daba Matemáticas y Física. Aprendí óptica y movimiento en sus clases. Pero los avances de la ciencia me resultan incomprensibles, vamos demasiado rápido, ni los aparatitos que tengo en casa manejo con comodidad. Para eso están los nietos.

En un alarde de erudición y memoria Jorge larga una parrafada: Hay que cuidarse de la modernidad y de los avances tecnológicos. La primera Guerra Mundial finalizó el 11 de noviembre de 1918 y se calcula que costó la vida de unos de 16 millones de personas de los cuales, la mitad casi no eran combatientes. La segunda fue más mortífera se calcula que murieron entre 50 y 70 millones... El 2,5% de la población mundial. Y no aprendimos nada.

Como humanidad parece que no.

-¿Iremos camino de la Guerra de las Galaxias? 

-¿Te acordás? ¡Qué película!

Siguen compartiendo el mate. Es domingo de mañana. Tras los cristales, rejas. El jardín al frente de la casa, la vereda desierta, las palmeras que sacuden coquetas su cabellera al viento, la rambla con poco tránsito y una solitaria señora que pasea su arropado y diminuto perrito, con una correa ridículamente larga, distraen la atención de la pareja. Del otro lado de la calle, en la vereda de la rambla el sol invita a caminar, pero el viento y el frío lo desaconsejan para los categoría senior. Poco más allá está la playa, las rocas, el Río de la Plata que agita nervioso sus aguas obscuras. Sobre la línea del horizonte los barcos hacen cola para ingresar al puerto. Se cuentan nueve; alguno parece una ciudad que flota allá lejos, otros son un punto lejano. De noche hacen cola las lucecitas de otros barcos.

-El movimiento se estudia por medio de vectores: dirección, sentido, magnitud…

-¡No, no, no... Yo de eso nada!

Se vienen las elecciones deberías repasar el tema.

¿...?

Claro. Mal o bien de los resultados de octubre y noviembre surgirán los vectores que mueven el acontecer social en alguna dirección, en uno u otro sentido y a qué velocidad.

Dejáte de enigmas. ¿No será como dice mi prima Leticia? Que si te va bien es sólo por tu mérito personal; si te va mal es lo justo, porque no fuiste lo suficientemente ‘competitivo’.

Nacer en un barrio privado de élite, en La Teja, Malvín, La Lata o Cerro Chato no es una elección. Te toca. Imagina una ruta que une Pocitos con Santiago Vázquez y otra que pasa por Carrasco y El Cerro. Norte-Sur o Este-Oeste por decir algo. Pero no es lo mismo nacer en el norte y mudarte todos los años hasta llegar a vivir en Pocitos que hacer el recorrido en sentido contrario. Tampoco es igual pasar de Carrasco a Cerro Norte en una sola crisis que deslizarte lentamente en la pendiente social. Dirección, sentido y velocidad. ¿Viste?

-¡No me jodas! ¿Querés un bizcochito?

Para algunos las políticas que reconocen, amparan y promueven los derechos, el bienestar de las personas, van en el sentido correcto. Que los sectores más pudientes reciban una parte menor de la torta para que los más humildes tengan algo de dignidad está bien. Para la sociedad es positivo. Pero otras visiones encuentran inconveniente y hasta intolerable los costos y controles que imponen las sociedades organizadas. Creen que los salarios son costos laborales que restan competitividad a la economía y -claro- rentabilidad a sus negocios. Desde su punto de vista tienen razón. De estas cosas hablamos también cuando discutimos sobre los costos del estado. De la dirección en que se mueve la sociedad, del sentido en el que lo hace y - por supuesto - de la velocidad que se debe o se puede imprimir al ”progreso”; al “avance”.

-¿Cómo en Brasil o Argentina por ejemplo?

-¿Te imaginas si nos aplican esa receta?

-Depende de nosotros. Hay que saber distinguir para elegir bien la dirección, el sentido y la velocidad…

-¿Que la fuerza nos acompañe!

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