​Presuntos inocentes: sobre el caso de El Gucci

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Estamos jugando con fuego. No se puede colgar en la plaza pública a una persona sin pruebas, someterla a escarnio y eventualmente destruir su carrera e incluso su vida simplemente porque a alguien “le parece” o “sospecha” que esa persona violó algún derecho o ley. Tampoco porque sus hábitos o estilo no se avengan a los valores morales de nuestros días, en los que los estereotipos sobre la mujer y cualquier forma de discriminación, no digamos ya de acoso o agresión, están moralmente sancionados como en ninguna otra época del pasado.

En estos días asistimos al linchamiento de El Gucci, un intérprete de la música tropical más rústica cuyo estilo machote disgusta a muchos. Pero, ¿con qué vara se está midiendo a El Gucci?, ¿con qué razones se lo está despellejando?, ¿con qué fundamentos se lo está condenando?… porque se lo está condenado, no a una pena de cárcel, pero sí al ostracismo y al destierro moral. Para empezar, ya se ha conseguido arruinar su candidatura a diputado.

He aquí un pequeño muestrario de las pruebas con las que se sanciona al reo: “Estuvo vinculado a denuncias relacionadas a acoso y violencia de género, que si bien judicialmente no llegaron a concretar nada específico [...] tiene peso y es importante”; “en los colectivos feministas sabemos que una cosa es lo que pueda llegar a disparar en la Justicia, la forma en que se resuelvan judicial y burocráticamente las cuestiones [nótese el carácter despreciativo del adverbio] y otra cosa es lo que una conoce, los testimonios que escucha y lee” [nótese la pretensión de autenticidad del testimonio directo]; “que la Justicia lo absuelva no quiere decir que no sea culpable” (!!!); “muchas veces las situaciones no pueden comprobarse a nivel judicial” e incluso la irrefutable y concluyente prueba pericial de “si el río suena, es porque agua lleva” (!!). Estos alegatos fueron pronunciados por una directora municipal, una presentadora de televisión y una vocera de una organización contra la violencia de género. Quiero decir que no fueron proferidos por unas jovenzuelas exaltadas, sino por mujeres influyentes en la política y los medios, con pedigrí, como quien dice. Y en Twitter, gracias al hashtag #FueraGucciDelFA, ya convirtieron al músico en “violador”.

Nadie ha salido a recordar a los acusadores que no es así como funcionan las cosas en una sociedad civilizada y democrática. Aun en el caso de que se aceptara el incierto axioma de que “las mujeres no mienten”, a nadie se le puede hurtar el derecho a un proceso justo. Mucho menos acusarlo públicamente sin la menor prueba y menos aun ampararse en la lucha contra la violencia de género para cometer semejante tropelía. La lucha contra la violencia machista no avanzará un milímetro por el hecho de que se ignoren los derechos democráticos, en particular la presunción de inocencia. La lucha contra la violencia de género o la invocación de cualquier reivindicación del movimiento feminista no puede justificar el desconocimiento de otros derechos o procedimientos legales. Una injusticia no se puede corregir con otra injusticia.

Es preocupante la naturalidad con la que algunos aceptan (y defienden incluso) estos “daños colaterales”. Cuando manifiesto mi preocupación por esta caza indiscriminada del machirulo no suelo recibir como respuesta alguna demostración de que mi inquietud carece de justificación, sino la indignación moral en estado puro, del tipo: “¡cómo es posible que ante la horrible violencia contra las mujeres te preocupe la forma en que se reacciona ante ella!”, lo que naturalmente no hace más que aumentar mi preocupación. Porque lo que se sugiere es que para luchar contra la violencia machista vale casi cualquier recurso. Por ejemplo, participar en el linchamiento colectivo de una persona. Juro que no exagero cuando digo que algunas personas me han dicho, con otras palabras, claro, que se trata de un pequeño daño colateral de una causa justa.

Si no queremos carcajearnos en los derechos humanos o en la Constitución, a los que invocamos devotamente, el principio de presunción de inocencia es intocable; la mera “creencia” a quien dice haber sido víctima de un delito jamás puede ser la prueba que permita condenar a un imputado. Pues bien, en este episodio se han ignorado olímpicamente todas estas consideraciones. Me pregunto si nuestras fiscales morales hubieran reaccionado con el mismo descaro y con la misma desconsideración por el debido proceso si el asunto en juego no hubiera sido un supuesto acto machista, sino el robo de una gallina o cualquier otra falta.

Estamos jugando con fuego. No es así como funcionan las cosas en una sociedad democrática y civilizada.

Hay gente a la que no le importa porque el asunto no es con ellos o ellas y porque la “causa” es políticamente correcta y se pueden asumir los mencionados “daños colaterales” (aquí es cuando no viene mal releer aquel poema de Bertolt Brecht: “Ahora vienen por mí, pero ya es demasiado tarde”). Ya escucho algunas voces: “¡Qué exagerado!”. ¿De verdad creen que estoy exagerando? ¿De verdad no les preocupa la liviandad con la que ayer se envió a la hoguera a El Gucci, y antes a Plácido Domingo, a Woody Allen, a Joe Biden y a los que van a venir si seguimos por este camino?

No es recomendable ir por ahí divulgando la idea de que “si la Justicia lo absuelve no quiere decir que no sea culpable”. Aunque desde el punto de vista de la pura lógica formal la afirmación es cierta, creo que se juega con fuego cuando se la pronuncia. Porque, en puridad, esa persona no es culpable, pues agotados todos los procedimientos, pruebas, testimonios y recursos y si la Justicia no está en condiciones de probar que ese señor es culpable, entonces ese señor no es culpable. Si así no fuera, quedarían abiertas las puertas del infierno. Yo no puedo demostrar que soy inocente de “absolutamente todo”... por eso nuestra tradición jurídica concibió el principio de que lo que ha de demostrarse es la culpabilidad, no la inocencia. De lo contrario, todos pasamos a ser “inocentes condicionales”, sospechosos crónicos, supuestos inocentes, porque, claro, “que la Justicia no haya podido probar nada en mi contra no quiere decir que yo no sea culpable” de algo. Estaríamos todos en libertad condicional, al albur del primer testimonio “creíble” en nuestra contra.

Varias personas sugieren, muy sueltas de cuerpo y sin reparos, que El Gucci es un acosador o agresor de mujeres. No lo dicen abiertamente, porque no lo pueden decir abiertamente, porque no tienen pruebas, pero lo sugieren con bastante claridad, lo que constituye la peor de las infamias, pues echan a correr el rumor y ese veneno ya no deja de infectar todo lo que toca, y así es fácil arruinarle la vida a una persona impunemente, simplemente porque a alguien “le parece”, “cree”, “intuye”, “sospecha”, más guiados por la forma en que los Guccis van por la vida, es decir, por el prejuicio, que por pruebas contantes y sonantes.

Lo del principio: estamos jugando con fuego.

Miradas

Jorge Barreiro es periodista y ensayista. Publicado en La Diaria. 

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