Apuntes en la carnicería

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Estaba comprando un pedazo de bovino muerto el día que a “Seguro” se lo llevaron preso. Me enteré de todo mientras hacía cola, porque el televisor siempre está prendido en la carnicería del barrio. En lugar del habitual programa mañanero de ‘chimentos varios’ el canal trasmitía una toma de rehenes directo desde Tres Cruces. ¡Sí, en Uruguay! Un tipo se había atrincherado en un bus y decían que tenía al conductor encañonado. Todos los canales cubrían la situación. Las imágenes eran impactantes, varios móviles policiales, la Terminal cerrada… Clima de desesperación. Un espanto.

- ¿Cuándo van a hacer algo para terminar con esto?  Reclamaba una señora flaquita que compró 100 pesos de picada común.

- Es que ya no les importa nada. Se perdieron totalmente los valores. Aclaraba un hombre morochón y fornido. ¿Milico jubilado?

Un hombre de talante campesino pide 5 kilos de asado ‘gordito’, 2 de chorizos de la casa, tripa gorda, chinchulines, mollejas, morcillas… “Y ponele una colita de cuadril”. Son dos mil trescientos cuarenta y ocho le canta el carnicero a la cajera. “Dame un ‘Jameson’ también. ¡No entiendo por qué los largan en seguida!” Escupe sin que yo logre entender de dónde le sale esa bronca.

El locutor describe por cuarta vez  -desde que me paré en la cola- la escena que estamos viendo: -“El peligroso delincuente, tendría secuestrado al conductor del bus que estaba presto a salir. No están claros los motivos del secuestro. Como los cristales son oscuros las fuerzas del orden no ven hacia adentro del vehículo, lo que dificulta el operativo. Estaría llegando un equipo negociador, especialista en situaciones con rehenes. La Terminal continúa cerrada. La Republicana está apostada en todo el perímetro...” El relato mete miedo. Realmente mete miedo. Parece una guerra.

«A un pueblo no se le convence sino de aquello que quiere convencerse», dijo Miguel de Unamuno que de humanos sabía un montón. Después de pagar y manteniendo un prudente silencio me apresto a retirarme del local. Las críticas a la situación, a los pichis en general y alguna autoridad en particular, vienen subiendo el tono de su indignación. Los clientes que entraron después que yo, algún proveedor que llegó, todos miran un momentito las imágenes en el televisor, escuchan los comentarios y suman su opinión al coro indignado que reclama mano dura contra los violentos delincuentes. Una vez más constato que el valor “seguridad” es un fuerte reclamo no sólo de las clases medias, sino del abajo de la pirámide.

En la caja, casi con vergüenza, comento en voz baja “pero realmente ¿qué sabemos de lo que está pasando?” Me refiero al episodio puntual en Tres Cruces, pero pienso también en aspectos más generales. Quisiera tener la seguridad de que no nos lastimen físicamente. Hubo épocas en las que las amenazas que sentimos a nuestra integridad eran muy fuertes. El temor a ser detenidos, interrogados con métodos brutales, encarcelados, desaparecidos, muertos, tenía fundamentos reales. Los que fuimos despedidos de nuestros trabajos, por razones ajenas a nuestro desempeño laboral, entendemos muy bien a los que sienten que no tienen empleo seguro. Criamos a nuestros hijos corralón por medio con una familia en la que todos eran analfabetos. Para ellos comer todos los días era un desafío. En el barrio no había un gato, ni una paloma a la vista, porque “todo bicho que camina o vuela...”

En aquella época, en la esquina de casa, estaba la entrada a las policlínicas del hospital. Las colas eran inmensas, a la intemperie, arrancaban a medianoche. Antes de conseguir atención había que gestionar - con algún político claro - el carné de pobre que habilitaba a usar la salud pública sin pagar arancel. Teníamos inseguridades de otro tipo, la pobreza era diferente, como eran distintas las pautas de consumo. Otra cultura, otro relato de la realidad, otro tipo de marginación y otra integración también. La sociedad se ha envilecido consecuencia de un sistema basado en la competencia insolidaria y el individualismo consumista ejercido sin pudor.

Pero estaba contando sobre un episodio de violencia ocurrido en Tres Cruces y ampliamente difundido por los medios masivos: Llegó el día después. Supimos que aquel relato de los medios era, por llamarlo de alguna forma, exagerado.

No hubo secuestrado, ni secuestrador. El denunciante, entendí que conductor del bus, quiso culpar al amante de su mujer e hizo la denuncia, de un hecho irreal, llamando al 911. Si no fue así, fue parecido. A la aclaración periodística le correspondieron algunos pocos minutos repartidos entre todos los medios.

Sin embargo a todos, en Uruguay, la sensación de inseguridad nos creció un poco más y la ‘aporofobia’1 avanzó 7 casilleros. Hay realidades, relatos y sensaciones térmicas construidas por la suma de muchas causas complejas. La inseguridad tiene múltiples causas complejas y es más que la suma de muchas inseguridades que nos aterran cotidianamente. De forma desigual, como se reparte todo en la sociedad capitalista.

1 Fobia hacia los pobres.

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