​Billetera mata galán

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La regulación y la financiación de las campañas electorales parece que recién ahora toma la atención de la colectividad blanca y sus aliados. Una reacción tardía, en una polémica que se realiza cuando el agua llega al cuello y se afectan bolsillos propios.

La irrupción del candidato del Partido Nacional Juan Sartori con una billetera muy gorda, hace ruido en la campaña electoral y los primeros perjudicados parecen ser los competidores de esa interna. Antes Edgardo Novick había roto su propia alcancía (según declara) con una campaña desmesurada para una candidatura departamental, pero en el marco de la Concertación a nadie de la oposición le pareció inconveniente.

Larrañaga fustiga a Sartori manifestando que «en el fondo, la billetera es lo que termina teniendo impacto electoral» para justificar su desplazamiento del segundo lugar de la interna nacionalista. Sartori replica que a él lo que le preocupa no es cuánto se gasta sino «de dónde viene la financiación de los partidos, de los candidatos, creo que ahí hace muchísima más transparencia».

Ambos tienen razón y a la vez ambos se equivocan. Tienen razón en el sentido de que en las campañas electorales hay dos elementos que son fundamentales: el cuánto se gasta y el cómo se consiguen esos fondos que se gastan.

Se equivocan al manifestar una preocupación o la otra. Son las dos preocupaciones a la vez, a la que agregaríamos dos más: cuáles son los medios por los que se publicitan esas campañas y cuáles son los mecanismos de control efectivo de estas premisas.

Es una lástima que la oposición en su conjunto -al que agregamos lamentablemente  a un diputado oficialista- se haya negado a votar la ley de financiación de los partidos políticos que tuvo aprobación en el Senado de la República y después con múltiples chicanas y excusas se trancó en la Cámara de Diputados.

Si la ley se hubiese votado, hoy Sartori no tendría piedra libre para gastar recursos a su antojo, tendría límites en monto y en tiempo.

Hoy el Guapo Larrañaga gozaría de un cómodo segundo lugar en la interna nacionalista. Hoy Antía -que según las encuestas está casi en la inexistencia- tendría un espacio más lógico dentro de su Partido y Lacalle Pou no estaría con el Jesús en la boca viendo como Sartori crece sin parar y pensando cómo diablos va a resolver la vicepresidencia en este escenario.

Todos estarían más contentos.

En el mundo la corrupción en grande está ligada a la financiación de los partidos políticos. Las empresas que financian candidatos desde las sombras, por montos desmesurados y sin ningún control están en condiciones de destruir las bases de los pilares democráticos de las naciones.

Han caído gobiernos enteros por estos motivos, se han destapado ollas muy nauseabundas en todo el planeta y los gobiernos serios -no las repúblicas bananeras- se preocupan enormemente por estos temas tratando de regular y poner límites a las campañas electorales.

No se trata solamente de un tema ético o de transparencia. Se trata de un tema de salud democrática.

Las modificaciones a la ley de Partidos Políticos 18.485 del año 2009, apuntaban a combatir la corrupción, el lavado de activos y brindar transparencia a la información derivada de ingresos y egresos de los partidos, para la que propone utilizar la herramienta de la inclusión financiera, «bancarizando» todas las operaciones de campaña.

La bancarización no es para favorecer a los bancos como algún despistado nos quiere hacer creer. Es para que la operación sea «limpia», que los ingresos pasen los controles de lavado que actualmente tienen los bancos y para que algún Pablo Escobar o a algún discípulo de él no se le permita financiar algún candidato en el país.

La ley proponía límites a los aportes de las empresas y de los particulares, así como una clara identificación de quién es el que pone el dinero para financiar a tal o cual candidato.

Un país con normas de trasparencia en todos los niveles genera confianza, genera certidumbre, genera previsión y da pautas claras a propios y extraños que este es un país de verdad.

Lamentablemente no todos estamos en este camino. A veces por priorizar cuestiones meramente electorales y de coyuntura política no somos capaces de elevar nuestra mira.

Algunos despiertan -tarde y a medias- cuando su joven Frankestein ya cobró vida y está en camino.

En otros casos es la confirmación que la mera existencia de las mayorías parlamentarias no resuelve mágicamente los problemas.


Gerardo Gadea. 

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