La cultura de la transparencia

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Dos hechos registrados en nuestra ciudad en las últimas horas, independientemente uno del otro, pusieron en la consideración pública dos elementos que tienen que ver con la calidad de la democracia: la transparencia y la rendición de cuentas.

Por un lado el Nodo Cultura, a través de una conferencia de prensa (ver página 6), dio a conocer los detalles de la inversión pública y privada que se ha hecho en la ciudad en esa materia, brindando las cifras, su origen y el destino del dinero que ese colectivo ha manejado en el último año.

Por otro lado, en la sesión del Municipio de Cardona un pedido de acceso a la información pública, para conocer en qué se ha utilizado el superávit que arrojó este organismo durante el año 2017 (ver página 4), ha puesto a nuestros gobernantes en la disyuntiva de transparentar los números y decir en qué se gastan los dineros públicos.

Que un colectivo de la sociedad civil, como es el Nodo Cultura, comprenda que la transparencia y la rendición de cuentas cuando se manejan dineros públicos, son elementos claves para robustecer los valores democráticos de participación e información de la sociedad civil, representa una bocanada de aire fresco en medio de tanto secretismo, ocultamiento, falta de confianza y descrédito que la comunidad tiene de sus actores políticos y comunitarios. Transparentar los números y lo que se hace con ellos, no es otra cosa que reafirmar la confianza con la gente.

Pero esa impronta no está del todo establecida en las autoridades locales y departamentales, donde la transparencia sigue siendo una materia pendiente y la discusión que se dio el lunes pasado en la sesión del Municipio, revelan la “burocracia” aún existente en este tema.

La transparencia como las rendiciones de cuentas, son un valor agregado de un gobierno democrático y representan un derecho ciudadano. Pero no se trata de una condición natural de las organizaciones gubernamentales, es necesario construir esa cultura de la transparencia en ámbitos donde el secretismo, el amiguismo y las relaciones de poder están fuertemente arraigados. Serán necesarias muchas discusiones más, como la del lunes pasado, para que la transparencia se termine imponiendo.

Los cambios culturales necesitan mucho tiempo para consolidarse. No se puede pasar rápidamente de una “cultura del secreto o del silencio” a una “cultura de la apertura o la transparencia” en el funcionamiento y la actividad de los poderes públicos.

Además de los cambios legislativos necesarios que se han instrumentado y de la decidida voluntad política de impulsarlos y aplicarlos, es fundamental que la mentalidad de las autoridades políticas y funcionarios públicos cambie. Se trata de modificar su “forma de ser”, de interiorizar que están al servicio de los intereses generales de las personas, no al servicio de sus propios intereses, y que toda la información pública o de interés general que poseen, no les pertenece a ellos, sino a quien les paga, es decir los ciudadanos.

Muchos de nuestros gobernantes parten de una premisa equivocada, de que fueron elegidos por cinco años para administrar la cosa pública y que en ese período de tiempo pueden hacer lo que se les ocurra. En realidad, la cuestión es exactamente a la inversa. Los y las habitantes de un país, departamento o ciudad, forman parte de una estructura que es el Estado, que eligen a un grupo de gente (gobernantes) para que administren los dineros públicos, los bienes y servicios. Es una obligación ciudadana controlar en forma permanente los actos de gobierno.

De eso se trata, de saber. Saber para opinar, para expresarse, para tomar decisiones, para criticar, para aplaudir. De esa manera se robustece la democracia y se disipan las incertidumbres. De esa manera se gana en confianza y se abren los caminos de la participación. 

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